29.8.06

Éramos muchos y la Abuela parió un Gato

Maria Dolores Torres


Gato: s. Un autómata suave proporcionado por la naturaleza para ser pateado cuando las cosas salen mal en el circulo doméstico.
Esto es un perro,
Esto es un gato,
Esto es un sapo,
Esto es una rata,
Corre, perro, maulla, gato,
Salta, sapo, roe, rata.
Elevenson

Ambrose Bierce: “Diccionario del Diablo”




Yo no sé qué me pasó.
Confieso que tuve un ataque de locura.
Vivo sola en un apartamento de 100 mts. Bueno, sola no, con dos perras: Loca y Coca, labradora y mini pincher respectivamente.
Ya me quejaba de la esclavitud de tener dos mascotas. Aunque las quiero mucho y me acompañan, me atan a la casa y me sacan dinero: comidas, sacarlas a caminar y cagar, veterinarios, etc.
Pero también me hacen reír y respiran a mi lado, no se quejan de nada, me aman incondicionalmente y no me ponen NUNCA mala cara (mucho mejores que los hijos adolescentes y no van a la universidad).
Hace poco tiempo comenzamos una tía, algunas primas y yo, un proyecto familiar relacionado al Gato.
Poco a poco se ha ido convirtiendo en una obsesión.
Cada mañana cuando reviso mi correo, encuentro no menos de 15 mails
de una de las participantes en el proyecto. Mi prima, la insomne de la isla, pasa toda la noche buscando gatos en Internet y la avalancha me cae a mi al día siguiente. No tengo tiempo ni para trabajar. Oigo maullidos en todas partes y a toda hora.
Al rato me llama la directora del proyecto. De reunirnos una vez a la semana, ahora quiere que nos reunamos 3 veces al día. Total, casi maullamos en vez de hablar.
Hace unos 4 días estacione mi carro en Don Perro porque iba a hacer un deposito en el Centro San Ignacio.
De pronto escuche un maullido que me llamaba.
Me asomé (por desgracia) a la jaula de la entrada, donde colocan los animales que tienen para adopción.
Había una camada de gatitos grises, de esos comunes y corrientes. Nada del otro mundo. Pero entre ellos, sobresalía una mota blanca/gris. Un macho, ojos azules. “¡Pero tengo 2 perras en casa! Y no tengo dinero”. “No importa, son gratis”. El gato me miraba suplicante. ¿Gratis?, ¡mis bolas!

Gato

Un ente extraño se apoderó de mí. Entró en la tienda, compró una bolsa de comida para gatitos, una bolsa de arena y una jaulita con el 50% de descuento. Pagó con mi delgada tarjeta de debito. Todo fluyó tan bien que cuando le dieron la cuenta era mucho menos de lo que yo pensaba.
Salí de allí equipada con gato nuevo (le faltaban las botas).
Llegue a casa. El gato no come del plato, es muy pequeño –dice el veterinario. Hay que darle tetero. ¡Coño!
Las perras saltaban para agarrarlo. Pensarían que era un juguete con pilas.
A la mañana siguiente, después de levantarme 3 veces con los maullidos de Gato durante la noche (así se llama, Gato, porque entre mis hijos y yo lo llamamos de diferentes maneras en 2 días: Tao, Bauer y Kiefer (sí, por la fiebre de 24), Chuck (Norris), Pepe… ), lo dejé en el suelo y solté a las perras con la esperanza oculta de que se lo comieran y así vengarme del ente que me hizo traerlo a casa.
¡Mala suerte! Las perras lo adoptaron en menos de 4 minutos como un hijo: lo limpian, lo acurrucan, lo aman.



Lola, Coca y Gato

Ahora no sé cómo voy a hacer para irme a Margarita como quería. ¿A quién coño le voy a dejar los 3 bichos? Voluntarios favor enviar un correo.


Interpretaciones psicoanalíticas varias:

- Tengo tres hijos (una hembra y dos varones) Ahora tengo 3 animales: dos hembras y un macho. Yin/Yang.
- Mis hijos probablemente se van el año que viene del país. Ya la mayor se fue. Me quedarán los animales. (de hecho, el levantarme en la noches para dar comida en jeringa a Gato, he revivido los trasnochos de tetas y teteros con mis hijos bebés) ¿Regresión por temor al nido vacío?
- Mi madre detesta a los animales, dice que sobre todo a los gatos. Cada vez que traigo uno a casa, cree que me volví loca. ¿La adolescente rebelde crónica? No, a mí si me gustan los animales.



Nota interesante:
Aunque usted no lo crea, desde que llegó Gato, he dormido sin pastillas narcolépticas, no he visto noticias en la tele, no he tenido casi tiempo para pegarme a Internet, he leído más (libros), he escrito a mano en un cuaderno (cuando había perdido la capacidad de hacerlo), he fumado menos, he adelgazado 3 kilos… Parece que de que vuelan, vuelan.
También tengo la cara llena de rasguños, pero hasta se ven bonitos y ocultan las arrugas (líneas de expresión). "No vale, si eso son cicatrices de los rasguños del gato".

Comentario adicional:
Mi hijo mayor (20 años) me ha dicho que está muy lindo el gatito, pero que por favor no se me ocurra ahora llenar la casa de animales como hacen las viejas solas. Lo tendré en cuenta. ¿Será que me estoy convirtiendo en una?


PD. Agradezco o mento la madre (mi abuela materna) a mi tía Valentina Salas, por haberme engatuzado en este peo felino.
Tía y Gato trabajando


Agosto 2006

4 comentarios:

Rafael Osío Cabrices dijo...

¡Muy bien, hermosa nota, MD!
Yo tengo dos. No puedo decir que no perturben mi por demás inexistente paz hogareña. Sobre todo el macho, Kipling, que es más bien un eunuco gordo, fastidioso, lambusio y manipulador, que quiere andar todo el tiempo con uno y cree que la profesión de los demás es rascarle el pescuezo. Maga, en cambio, es silenciosa e individualista, negra, floja y obesa. Su única preocupación es la sed que la carcome como en una condena del Olimpo. Ahora, Gato es verdaderamente un encanto. Se le ve de lejos.
Siempre recuerdo lo que dijo Borges: "El hombre inventó al gato para poder acariciar al tigre". Los gatos, me parece a mí, es una de las más tenaces y entrañable obsesiones a las que los humanos comunes y corrientes tenemos acceso. Me uno, por tanto, al sentimiento.

Karina dijo...

Maria Dolores, no se como llegué aqui, pero agradezco tanto haberlo hecho...

Primero me muero de risas con el cuento de las escuálidas detenidas por jartonas..... Una maravilla...

Ahora, a lo íntimo...

Yo tuve una gata a quien llamábamos Gata, una tipa estupenda, peleaba con los perros y les ganaba, y al mismo tiempo era la chica mas dulce y gentil del mundo. Se enfermó de cáncer y murió. Aun no me recupero y ya ha pasado año y medio.

A los 6 meses una amiga me llamó para decirme que tenía a un gatico minúsculo, muerto de hambre y que no se lo podía quedar, pues su perra no es tan amable como las tuyas, yo respiré profundo y le dije "tráemelo".

Así llegó "Cumpleaños" (obvio, era mi cumpleaños), mejor conocido como "El Puple", un tipo loco, con una pasión mordisquérica incontrolable, cuyo lema en la vida es "si me sirve para jugar entonces es bueno"

Tengo un año con él, y lo que puedo decir es que me alegra el alma con su altivez, su independencia, sus gestos de valentía y su belleza (hay algo mas estético que un gato?)

Cariños a Gato, felicidades para tí... Yo creo que la perfección espiritual se puede conseguir acariciándole el cuello a un gato.

la gata de la isla donde nunca se duerme dijo...

Karina, soy la otra, la de la isla, la prima insomne.
Hasta ahora, ando con pasitos de gata, en esto de lo público, de la extraversión, con ganas de atreverme a asomarme, pero con tanta cautela como Gata, la tuya, la mía, la otra, la de todas las mujeres.
Pero..... me ha gustado tu súbita aparición, así de pronto y de la nada, y de este inmenso espacio en el que navegamos y por suerte, a veces nos encontramos.
No pretendo nada parecido a la perfección espiritual, pero si me apetece acariciarle el cuello a un gato, al menos para elevar un tantito mi espíritu subterráneo, a ese lugar extraño en el que habitan los gatos.

Me encanta haberte conocido

Carmen Elena
(luego de una botella de Gato Negro, y de leer estrofas de cante jondo andaluz y de chatear con la prima del blog)

Saludos desde una isla del Caribe donde siempre es de noche, y nunca se duerme.

La Gata Insomne dijo...

Hola Felinas, no me pude contener, esto es DEMASIADO para llamarlo casualidad, no puede ser sino una GIGANTESCA SINCRONICIDAD. Me lo conseguí hoy navegando en una más de mis largas noches y me saltó encima con ese arte que solo tienen los felinos de instalarse en tu vida cuando menos lo esperas.
Estaba paseando esta noche por Madrid, tenía un atraso de 24 horas, porque allí era domingo.
Y sin más en el suplemento dominical de EL PAIS estaba él, al cruzarse nuestras miradas brincó sobre mi regazo y allí se instaló para siempre, y me ayudó a comprender el por qué, al adoptar a uno de estos seres superiores nos preguntámos, no entiendo ¿qué me pasó?

El gato de Valentina
ALMUDENA GRANDES
EL PAIS SEMANAL - 03-09-2006

Valentina cierra la puerta, se quita las gafas de sol, las mete en el bolso que engancha en el perchero, enciende la luz del pasillo, apaga la del recibidor y se encuentra con dos ojos verdes, sagaces, melancólicos en la soledad de la casa desierta.

– ¡Anda! Pero si estás tú aquí…

La primera vez que lo vio, la nostalgia anticipada de los deseos imposibles esmaltaba unos ojos muy distintos, los de su hijo Pepito, nueve años, un trasto.

–¡Mamá! –ella, que leía junto a la buganvilla, empezó a negar con la cabeza antes de disponer de tiempo suficiente para verlo bien–. ¡Pero, mamá, mira qué mono es! Y su madre no lo quiere…

–No –y estiró en el aire el índice de las decisiones inapelables en dirección a la puerta del patio–. ¡Que no!

Pepito primero lloriqueó y luego se llevó al gato, que era monísimo, la verdad, blanco, negro, pequeñito… Pero el mundo está lleno de cachorros bonitos, pensó ella, y siguió con el periódico, muertos en Irak, muertos en Palestina, muertos en Líbano, incendios y más incendios, bosques muertos, casas muertas, hombres y mujeres y niños muertos.

–¡Ay, déjamelo, anda…! –luego fue Bea, diecisiete años, más formal, pero igual de caprichosa que su hermano pequeño–. ¡Mamá! ¿Has visto qué mono es el gato que se ha encontrado Pepito?

Que no, se dijo Valentina, ene o, no, pero los niños lo metieron en el patio igual. Querían darle agua, eso dijeron, que hacía mucho calor y el gato estaba sofocado, muerto de sed.

–No te pongas así, mamá; total, por darle un poco de agua –su hijo mayor, universitario y todo, se puso tan intratable como los otros dos–, tampoco pasa nada, ¿no? Es que eres muy guapo –y él también lo cogió en brazos, le hizo cosquillas en la cabeza, le peinó con la mano–, pero muy guapo, ¿a que sí?

–Yo no quiero un gato –advirtió ella, antes de volver a los muertos de Oriente Próximo, a los muertos del Estrecho, a la estela mortal de los fuegos incesantes–. No pienso tener un gato, y es muy cruel lo que estáis haciendo, ¿os enteráis? Es muy cruel y muy irresponsable mimar a un gato unos pocos días para luego… –y entonces vio salir a su marido de la cocina con un cuenco en la mano–. ¿Pero tú qué haces?

–Voy a darle leche, pobrecito –Pepe pasó a su lado sin mirarla–. Estará muerto de hambre, ¿no?

–¡Ay, mira cómo come! –jalearon cuatro voces a la vez–. Qué hambre tenías, ¿eh?

Ella dejó pasar un tiempo prudencial.

–¿Ha comido ya? Pues fuera… He dicho que fuera –y toda su familia se largó detrás del gato.

En ese momento, Valentina ya había aceptado que el gato se iba a quedar. Lo supo desde que vio salir a Pepe de la cocina con la leche. Cuatro contra uno, se dijo, la batalla está perdida, pero así y todo, se dispuso a resistir hasta el final.

–Podemos llamarle Negrín, mamá –las trompetas de la capitulación sonaron con la ocurrencia de su hija un par de días después, porque sólo lo que existe tiene nombre–. Le viene muy bien, porque como es negro con manchas blancas…

–No me hagas la pelota, Bea.

–Y tiene una perilla negra estupenda –su hermano se echó a reír–. Lo siento por ti, mamá, pero parece Trotski…

–Tú te crees muy listo, ¿no? –y sin embargo, acabó sonriendo con sus hijos.

A partir de ahí cayó en picado. Primero fue la comida para gatitos; luego, la arena para que no ensuciara el patio, y un collar antiparasitario por si las pulgas, y un cascabel rojo para saber dónde estaba, y el veterinario, aunque sólo sea para saber si es macho o hembra, y la edad que tiene… Cuando se acabaron las vacaciones, Negrín, macho, unas ocho semanas más o menos, tenía además media docena de juguetes, una toalla, un cepillo y una cartilla de vacunaciones. Lo último que le regalaron fue un transportador para llevarlo a Madrid, y aquí está, aunque hoy, al volver de la primera reunión de trabajo del nuevo curso, a Valentina se le había olvidado.

Ahora lo incorpora a la rutina de todas sus tardes. Con él en brazos va a la cocina, pone a hervir agua, prepara una tetera, lo lleva a su dormitorio, se quita los zapatos, se pone las zapatillas, se sienta en su butaca con una taza humeante, lo mira y celebra su compañía. Es el balance de su verano, un gato afortunado en medio de una desventurada cosecha de cadáveres.