28.3.07

A mi mamá le duele la cabeza

Homenaje a todas las madres y los padres de esta generación, o sea, las madres y padres de los niños que han nacido como desde 1985 para acá.
Que si tienen ADD, que si son ODD, que si son "indigos", que si son sobredotados, que si hay que darles libertad para que sean creativos.
En realidad son abusadores de padres indefensos y !NADIE habla de la violencia de los niños hacia los padres!
Este es también un texto de reflexión para todos esos jóvenes de hoy que parecen ser los padres de nosotros, sus padres.


Foto MDTorres

a Ale, mi amado tormento

I

Mi nombre es Sebastián y tengo cinco años. Tengo un papá, una mamá, una hermana grande -que tiene un novio-, un hermano mediano, un perro negro y muchísima, pero muchísima, tarea que hacer todos los días. A veces tengo una señora que viene a trabajar por algún tiempo a la casa y que cuando se va, porque se le murió algún pariente, mi mamá grita mucho más que en días normales y le duele la cabeza todas las tardes.

Antes de vivir en esta casa con jardín, vivíamos en un apartamento. Allá yo tenía a un señor y su esposa que vivían en el piso de abajo y llamaban todas las tardes a mi mamá para que nos mandara a callar o para que no nos dejara correr de la sala al cuarto y viceversa. Entonces mamá nos amenazaba y nos juraba que si no nos quedábamos tranquilos, nos iba a mandar a vivir con los señores de abajo por un mes, a ver si nos “acomodábamos”. Menos mal que nos mudamos a esta casa con jardín porque aquí podemos hacer todo el ruido que queramos y nadie viene a regañarnos; solo mamá cuando le duele la cabeza.

II

Cuando yo salí de la barriga de mamá, ya Camila (mi hermana grande) y Tomás (mi hermano mediano), estaban en el apartamento. Recuerdo que yo lloraba mucho todas las noches porque me gustaba que mamá viniera a mi cuarto, me sacara de la cuna y me prestara su teta para chuparla un rato. Y no era que yo tuviera hambre a esa hora, pero hacía como que tenía el estomago vacío porque me encantaba estar solo con mamá en el sofá azul, con aquel calorcito sabroso y aquella teta suculenta para mí solito. Claro que luego crecí y me cambiaron la teta por un tetero y un chupón que, aunque no eran la misma cosa, me ayudaban un poco a calmar aquella etapa oral aguda que nos estaba matando tanto a mamá como a mí.

Cuando ya me bajaba solo de la cuna y comía sopitas de verduras licuadas, mis padres decidieron ponerme a dormir en el mismo cuarto con Tomás para que él no tuviera miedo a la oscuridad y se le quitaran las pesadillas. En ese momento empezó realmente nuestra amistad y, aunque él no hace sino quejarse de mí y decir que soy una “ladilla”, estoy seguro de que me necesita tanto como yo a él. (A propósito, ¿qué será una ladilla?)

Nuestro cuarto era “finísimo”. Entre los dos teníamos una inmensa colección de calcomanías pegadas en todas las puertas del closet y dos estanterías llenas de dinosaurios y monstruos que de noche hacían como que se querían bajar de allí para meterse en nuestros sueños. También teníamos nuestro cielo privado hecho por mamá, a imagen y semejanza del de verdad verdad. Cada noche, cuando ella venía a arroparnos, cerraba la puerta para que no entrara luz y, bajo nuestras estrellas de plástico fosforescente, jugábamos al juego de apretar cada una de las partes de nuestro cuerpo para después soltarlas y, por último, la parte que más nos gustaba, que era cuando una gran mano invisible nos levantaba hacia el Universo estrellado para luego depositarnos suavemente en nuestras camas y arroparnos con amor.

Mamá y papá dormían en el cuarto más grande y tenían la cama más amplia y suave de todo el apartamento. Además tenían la mejor televisión y el único VHS del hogar donde nosotros podíamos ver películas, siempre y cuando ellos no estuvieran cansados o quisieran estar solos para hablar cosas “de grandes”. Cuando esto sucedía, mi hermano y yo nos poníamos bravos y empezábamos a utilizar todas las técnicas de nuestro repertorio, a las que papá y mamá llaman caprichos, para lograr nuestro objetivo final: estar en el cuarto grande, viendo la tele grande y saltando en la cama grande.

III

Después de vivir allí los cuatro primeros años de mi vida, papá y mamá nos anunciaron que nos íbamos a mudar a la casa de al lado de nuestra prima Mariela, hija de la tía Carmen, hermana de papá. Tanto Camila como Tomás y yo nos opusimos firmemente a aquella resolución inconsulta y dictatorialmente asumida, pero de nada valieron nuestras opiniones y pronto estuvimos metiendo todo nuestro arsenal de armas y juguetes en los gigantescos camiones de la compañía de mudanzas.

Lo único bueno de todo este asunto de cambiar de hogar era que ahora Felipe, el perro que habíamos comprado, iba a tener mucho espacio para correr en el jardín de la nueva casa y también que íbamos a poder jugar todos los días con Mariela y su hermano Pedro. Además, papá y mamá nos prometieron que la casa era segura y que nunca se meterían los ladrones, cosa que, no tanto a mí como a Tomás, nos tenía aterrorizados por haber oído todas esas noticias por televisión acerca de “la inseguridad en la que vive el país”.

El mayor problema de todo este asunto de la mudanza fue que al pisar la casa nueva y justo el día en que se fue la señora de servicio de turno, a mi mamá le empezó a doler la cabeza, inevitablemente, casi todas las tardes. Esto era realmente terrible ya que, si bien habíamos salido por fin de los vecinos de abajo, ahora teníamos la cabeza de mamá metida en nuestra propia casa todos los días. Yo no sé cuál era la causa de aquél dolor pues, hasta donde yo podía percatarme, nosotros, sus hijos, siempre nos portábamos de maravilla.

IV

Para que ustedes mismos puedan juzgar la situación, yo les voy a contar cómo transcurre un día común y corriente dentro de nuestra familia: A las seis menos cinco de la mañana suena el primer despertador de la casa que por supuesto, es el de mamá. Ella entonces aprieta un botoncito amarillo que le permite dormir cinco minutos más antes de que vuelva a sonar el estruendoso pito. Cuando por fin se levanta, entra en nuestro cuarto y se mete en la cama de Tomás quien es, de nosotros los varones, el que más dócilmente se despierta. Mientras ella hace cariños suaves en la espalda de mi hermano ya han sonado los despertadores de Papá y de Camila, quienes se ocupan solitos de su preparación matinal. Una vez despierto Tomás, Mamá procede a meterse en mi cama y con una voz suave y una “rascadita” en mi espalda, me pide humildemente que me levante porque ya es tarde y Papá va a llegar retrasado a su trabajo.

Yo, que siempre estoy muy cansado y con poquísimas ganas de ir al colegio, me hago el loco lo más que puedo y cuando ya es inevitable, me pongo a dar gritos y a quejarme, con la esperanza de que Mamá se canse de mí y me deje dormir tranquilo y bruto, porque según ella si no voy al colegio me quedo bruto. Mamá entonces empieza poco a poco a ponerse intranquila. Como primera medida me dice que se va para abajo a tomar su café. Es en ese momento cuando yo hago mi último esfuerzo y gruño una vez más. A veces viene Papá a recordarme lo de la brutalidad, pero en general termina Mamá por cargarme hasta el comedor con la esperanza de que yo me pacifique.

Al llegar a mi silla pongo en práctica la segunda fase del plan, para la cual tengo dos versiones. La de invierno es que si prenden la luz grito porque me molesta en los ojos y entonces la tienen que apagar y desayunamos todos en la oscuridad total, y la de verano es que no puedo sentarme en la silla ya que ésta es de metal y me da frío en el culo. Como quiera que sea, pasamos a la tercera fase. Ya para estos momentos Mamá perdió toda la paciencia que pudo acumular entre la noche anterior y la madrugada, por lo que desde este momento y hasta que me voy al colegio, la comunicación se establece a elevados decibeles y Papá ya ha cerrado la puerta de su cuarto, desde donde nos llegan notas musicales de jazz que a Mamá parecen molestarle casi tanto como mis gritos y gruñidos.

V

Pero bien, iba a describirles la tercera fase en la que siempre discuto para que me echen un poco más de leche en el plato del cereal. No importa mucho cuanto me haya sido servida originalmente, yo siempre pido un poco más. Entiendan ustedes que a estas alturas de la batalla yo siempre tengo que ganar o por lo menos intentarlo todo para que así sea. Una vez servida la leche a mi entera satisfacción, viene la parte del Nesquick (chocolate en polvo que, si se usa en exceso, puede ocasionar una enfermedad terrible llamada diabetes – según las amenazas de mamá). El problema es que yo siempre quiero la leche bien oscurecida por el cacao y mamá siempre me dice que tanto chocolate es malo para la salud. En esta discusión siempre pasamos otro rato a volúmenes intolerables.

Cuando por fin considero que la oscuridad de la leche ha llegado a un punto razonablemente equilibrado entre mis aberraciones cromáticas y la salud que tanto preocupa a mi madre, ella ya ha subido a nuestro cuarto para sacar el uniforme que tendremos que ponernos. Entonces yo empiezo a llamarla vociferando para que vuelva a bajar las escaleras y me sirva el cereal, cosa que podría hacer yo mismo si no me diera tanta flojera. En esta etapa ya ella se hace la sorda por lo que yo tengo que arreglarme para que el cereal me sea servido por alguno de mis hermanos o por la señora de servicio de turno. Como soy parsimonioso y no me gusta que me apuren, comienzo a comer mi cereal de una manera pausada y metódica mientras calcúlo mentalmente el tiempo que pasará antes de que mamá salga de su silencio y pegue otro grito para que me apure porque si no me voy a tener que ir al colegio sin desayunar y desnudo. ¿Se pueden imaginar lo ridículo que me vería llegando desnudo al colegio? Yo sé que ella nunca sería capaz.

Al fin termino mi cereal y subo penosamente cada escalón. Al llegar arriba siempre peleo con mi hermana grande que se antoja de estar metida en el baño justo cuando ya no aguanto las ganas de hacer pipí. Una vez vaciada mi vejiga y sin tener la precaución de bajar la poceta, me dirijo a mi cuarto donde ineludiblemente se encuentra mi madre sentada en mi cama con cara de pocos amigos. La pobre lleva meses intentando enseñarme cómo debo vestirme solo, pero a mí me es más cómodo hacerme el bruto o mostrarme auténticamente arrepentido de todo lo acontecido anteriormente. Entonces ella me abraza y me dice que me quiere mucho pero que no me estoy portando bien, me sienta en la cama y me pone, en orden estrictamente irreemplazable, los calzoncillos, las medias, la franela, los pantalones y los zapatos. Aquí siempre discutimos en dos puntos: las medias y los pantalones.

Mamá definitivamente todavía no ha aprendido que la raya de las medias debe ir encima de los dedos, sea cual fuere la forma en que se hallen confeccionadas, pues de otra forma siempre tendrá que quitármelas y volvérmelas a poner hasta que yo me conforme o ella se harte y me dé una nalgada, tras la cual aceptaré la posición de la raya tal y cual como haya quedado. Los pantalones también son punto de discordia porque generalmente me molesta el “pirulo” que queda en mala posición y eso sí tengo que arreglarlo yo solo, por órdenes expresas de ella.

Por fin estoy vestido. Ahora falta que mamá me peine y en este punto me encanta decirle siempre que así no es o que me está peinando las orejas. Pero bueno, mal o bien peinado, ya Papá, Camila y Tomás están montados en el auto y tengo que irme, me duela lo que me duela. Hasta este momento de partida, Mamá todavía no se ha quejado de dolor de cabeza.

VI

Paso toda la mañana en el colegio de una manera bastante fluida. Sólo de vez en cuando tengo alguna pelea con algún compañero, pero en general me las arreglo bien. Muchas veces tengo que hacer tareas atrasadas en la hora del recreo, pero me cuido bien de no contarle a Mamá para que ella se queje más de la irresponsabilidad de las maestras que de la mía propia. Sin embargo, hay otras faltas a la norma que sí me encargo de contárselas apenas me subo al carro ya que sé que su reacción será exponencialmente más severa si se entera por una citación de la psicóloga del colegio. En estos casos le pinto la situación verdaderamente caótica, de forma tal que cuando reciba la versión oficial de los hechos, ya no le parezca tan grave el asunto. Para ilustrarles esta técnica les contaré cómo hace una semana me monté en el carro y le dije a mamá que me habían castigado por haberle dado un puño tan duro a un niñito, que le sangró la nariz. A los dos días, mamá recibió la consabida citación de la psicóloga y de mi maestra. En dicha reunión se le explicó que en realidad el niño había sangrado mucho tiempo después de la pelea y porque tiene dicha tendencia, no por mi puño. Mamá, por supuesto, estuvo mucho más tranquila al saber la verdad del asunto.

VII

Bien… continuando con el transcurso del día, les cuento que siempre que subo al carro cuando mamá me recoge en el colegio al mediodía, yo le pregunto qué hay de almuerzo ese día y después de escuchar una descripción pormenorizada del menú, siempre digo que no quiero eso, sea lo que sea, y que quiero otra cosa; preferiblemente algo bien complicado o poco nutritivo. Mamá inevitablemente responde que tengo que comer lo que está preparado y que si no lo como, no podré comer más nada hasta la hora de la cena, dejando bien en claro que tampoco tendré derecho a comer cosa alguna a la hora de la merienda. Como me he dado cuenta de que en este aspecto mamá se mantiene bastante inflexible, últimamente he adoptado una táctica más complicada que consiste en comerme solo la mitad de la comida que me sirven, sea la cantidad que sea y pedir como postre un cachito y un café con leche. Pensé que esto molestaría a mamá pero lo que hizo fue ahuyentarla ya que al terminar su comida se va, diciéndome que puedo comer lo que quiera después de que termine con mi plato. Inmediatamente después de almorzar mamá me pide que haga la tarea, pero ¿cómo voy a hacerla a esa hora en que estoy tan cansado? Siempre le digo que dentro de cinco minutos, los cuales aprovecho para escabullirme a la casa de al lado sin que ella lo note. Cuando se da cuenta, o me llama por teléfono o se aparece en persona para descubrirme jugando Nintendo con Mariela. Entonces me agarra por un brazo y me arrastra hasta mi cuarto. Aquí es donde empieza el concurso de quién puede más, si ella con sus amenazas que, según el calendario varían desde quedarme sin regalos de Navidad, cumpleaños o fin de curso, hasta la no asistencia a la piñata de fulanito que es la semana que viene, o yo, retándola a sacar mi dedo gordo del pie más allá de la línea invisible que separa mi cuarto del afuera, a donde no puedo salir hasta que haga la tarea. Lo que pasa es que ella cree que mis obligaciones estudiantiles son sencillas y motivadoras, pero no son ni lo uno ni lo otro. Ya yo estoy cansado de escribir pa, pe, pi, po, pu y todas las sílabas sin sentido que a la maestra se le antojan como trascendentales.

VIII

A estas alturas del día ya mamá se ha tomado dos Tylenol (ella cree que son más potentes que la Tempra nacional o el acetaminofen genérico) y cree que con esta medida, tiene solucionado el problema. Pero todavía no han llegado Tomás y Camila de sus respectivos colegios y ahí es cuando la cosa se pone buena y el dolor de cabeza de mamá llega a su apogeo. A eso de las dos de la tarde suena el teléfono y mamá, con cara de resignación, agarra las llaves del carro y sale a recoger a mi hermana grande. Cuando ella llega, empieza otra rutina. Cada vez que la señora de servicio le avisa a Camila que la comida está servida, ella se mete a la ducha. Siempre se le enfría la comida, pero lo peor del asunto (porque a Camila no le importa comer frío) son los gritos de la señora, quien todavía no entiende que para mi hermana los horarios están intercambiados y la hora de la comida se transforma en la hora del baño y viceversa. Este es uno de los síntomas más comunes del S.D.A. (Síndrome de la Adolescencia) el cuál les iré describiendo a lo largo lo que queda de este día.

Ya almorzada mi hermana, mamá agarra otra vez las llaves del carro, esta vez para buscar al último miembro de su prole, quien viene tan cansado de sus múltiples actividades escolares, que se monta en el carro con humor de perro y sin ningunas ganas de oír la siempre repetida frase de mamá: “Cuando llegues a la casa, meriendas y después haces la tarea”. Tomás siempre amenaza con que se va a salir del fútbol porque nunca le da tiempo para hacer las tareas, pero con todo y esto, siempre llega, merienda y, o se escapa también para la casa de al lado, o se pone a divagar mirando el techo hasta que va llegando la noche, momento en el cual, invariablemente, se pone a llorar porque no le va a dar tiempo de terminar todo lo que tiene que hacer y además, no va a poder patinar en la calle. Tomás tiene además la característica de solo hacer la tarea si mamá recibe alguna visita o la llaman por teléfono. En ese aspecto, todos parecemos habernos puesto de acuerdo. Apenas oímos el teléfono sonar, vamos indagando, puerta por puerta, a ver quién es el afortunado que recibió la llamada. En el cuarto de Camila nunca podemos entrar porque ella está siempre cerrada con llave (a menos que esté su novio, caso en el cual lo tiene terminantemente prohibido, no sé por qué}. Pero a mamá siempre la cachamos “in fraganti” en el justo momento en que se está escondiendo en el baño con el teléfono inalámbrico y sus cigarritos para poder hablar en paz. Una vez descubierto que ella fue la que recibió la llamada (esto vale también para cuando la llamada fue hecha por ella), nos disponemos ha traerle cuadernos, libros y diccionarios que ella tiene que revisar inmediatamente, porque es su deber de madre ayudarnos en nuestro proceso educativo y porque sin su ayuda inmediata e incondicional, estamos perdidos, lloramos, gritamos y nos desesperamos. A veces este drástico planteamiento también lo hacemos justo en el momento en que ella decide ir al baño, esta vez no a hablar por teléfono sino porque sus necesidades fisiológicas lo hacen meritorio e impostergable.

IX

En los casos de visitas de carne y hueso, ubicamos rápidamente en qué área de la casa se sentó mamá con la visita, calculamos la distancia entre mamá y su invitado y allí mismo colocamos todos los útiles necesarios para la realización de nuestros deberes. Yo no sé por qué mamá se molesta tanto cuando hacemos esto ya que ella siempre dice que lo más importante es hacer la tarea para que después podamos ir a jugar. Justo en el momento álgido de la discusión entre el deber hacer la tarea y el mejor lugar y momento para hacerla, aparece Camila bajando las escaleras con una “toilet” de Domingo y los labios pintados de anaranjado fosforescente, participando a mamá que se va con unos amigos y no sabe ni cómo, ni cuando regresa. Para estos momentos mamá, que ya tiene la cara desfigurada por la rabia y por la jaqueca, se levanta de una salto del sofá, despide a la visita a empujones y le dice a Camila que ella no va para ninguna parte con esos amigos que ella no sabe quienes son, ni tampoco con esa pinta de vampiresa trasnochada. Mi hermana, a quien hasta ahora no he descrito a cabalidad, da una vuelta sobre sus talones con cara de vieja solterona en el día de la boda de la última amiga soltera que le queda y sube los escalones de regreso a su cuarto, murmurando frases incomprensibles entre dientes y tirando la puerta con toda la fuerza que le permiten sus quince años y medio.

En realidad, aún cuando no he terminado con la descripción del día, he de confesarles que ya estoy agotado y, tras releer lo escrito hasta ahora, comienzo a darme cuenta de por qué a mi mamá le duele la cabeza todos los días.

¿A ustedes no les duele ahora?

24.3.07

Ocio Curioso

En estos días alguien (un anónimo) me mando a sacarme los mocos por un post que puse sobre jugar.Esta semana he estado ocupada en algo más productivo que mocos y no se me ha ocurrido nada para escribirles.

Paseando por la web, encontré varias cosas curiosas.
Esta es una de ellas.
Fijen su vista un rato... increíble de lo que es capaz la mente ¿no?




LA MENTE es capaz de MUCHAS COSAS... La mente CREA lo que quiere crear y CREE lo que quiere creer. A veces para bien, otra para mal y otras ni bien ni mal, pero cosas que no están (¿o sí?)

Entonces: no todo lo que brilla es oro, no todo es lo que parece y todo depende de cómo se miren las cosas. Por eso es que nadie tiene la razón absoluta sobre algo.



Otra cosa curiosa que encontré, y es que uno no deja de asombrarse de la creatividad del ser humano, es una página web de la Embajada de la Luna donde pueden comprar su PASAPORTE INTERGALÁCTICO por sólo $19 (con nacionalidad incluida, bueno, no sé cómo se le llamaría a la nacionalidad de un planeta ¿planeteidad?) y sus terrenitos en la Luna, Marte, Mercurio, Venus o cualquier otro planeta.


Para leer la historia del señor que se adueño legalmente de la Luna y todos los planetas, vayan a leer LA LUNA, A RETAZOS Y EN LIQUIDACIÓN en el blog de Orsai (que se ha sumado a mi lista de adicciones, pero de eso les hablo en otro post porque es muy larga esa lista).

Si les gusta la idea y tienen unos dólares extra, pues apúrense y compren sus parcelas, porque si seguimos como vamos, con el calentamiento global, las guerras y demás catástrofes mundiales, nos vamos a tener que mudar todos del planeta y después les va a salir carísimo el pedazo de tierra.

Esto para que vean que comparto todo con ustedes y no soy egoísta en mis descubrimientos. Yo ya encargué mi terreno en Venus, porque mi amigo Daniel Medvedov me dijo que para allá va la vida en el próximo ciclo.
También cambiaré mi pasaporte y ahora, en vez de ser oriunda de la República Bolivariana de Venezuela, seré Venusina, sólo Venusina (y espero que para allá no llegue el mesmesemo a cambiar el nombre por algo más largo).

Me despido por ahora, dejándoles estas cositas para que pierdan tiempo leyendo en vez de sacarse los mocos y para que no digan que todo lo que les escribo es horrible, pesimista y aterrador. Hay de todo en este mundo.

20.3.07

Quiero compartir esto con todos ustedes. Creo que es algo que todos debemos leer.

REPORTAJE

La fotografía de la pesadilla

John Carlin

Publicado en El País.com el pasado 18.03.07


Fotografía ganadora del Premio Purlitzer 1994. Kevin Carter

La imagen de ese buitre acechando a una niña moribunda en África le persiguió en vida. Con ella atrapó el Pulitzer, pero también la maldición de una pregunta: “¿Qué hiciste para ayudarla?”. A Kevin Carter, cronista gráfico de la Suráfrica del 'apartheid', la presión le empujó al suicidio. Un periodista testigo de aquellos años, rememora su figura.


Un hombre blanco perfectamente bien alimentado observa cómo una niña africana se muere de hambre ante la mirada expectante de un buitre. El hombre blanco hace fotos de la escena durante 20 minutos. No es que las primeras no fueran buenas, es que con un poco de colaboración del ave carroñera le salía una de premio, seguro. Niña famélica con nariz en el polvo y buitre al acecho: bien; no todos los días se conseguía una imagen así. Pero lo ideal sería que el buitre se acercara un poco más a la niña y extendiese las alas. El abrazo macabro de la muerte, el buitre Drácula como metáfora de la hambruna africana. ¡Ésa sí que sería una foto! Pero el hombre esperó y esperó, y no pasó nada. El buitre, tieso como si temiera hacer huir a su presa si agitara las alas. Pasados los 20 minutos, el hombre, rendido, se fue.

No se debería de haber desesperado. Una de las fotos se publicó en la portada de The New York Times y acabó ganando un premio Pulitzer. Pero incluso así se desesperó. Y mucho. El hombre blanco era un fotógrafo profesional llamado Kevin Carter. A los dos meses de recibir el premio en Nueva York se suicidó.

Hay dos preguntas. La primera, ¿por qué se suicidó? La segunda, ¿por qué no ayudó a la niña? La respuesta a la primera es relativamente fácil. La respuesta a la segunda es más interesante. Remontemos.

Kevin Carter nació en Suráfrica en 1960, dos años antes de que Nelson Mandela empezara su condena de 27 años de cárcel. Al llegar a la adolescencia empezó a entender que ser blanco en Suráfrica significaba ser una de las personas más privilegiadas de la Tierra y, al mismo tiempo, cómplice de una atroz injusticia. Cumplidos los 24 años, Carter descubrió que el periodismo era el terreno donde libraría su guerra particular contra el apartheid.

Comenzó su carrera en 1984, cuando las poblaciones negras en las periferias de las grandes ciudades -como Soweto, que estaba al lado de Johanesburgo- se convirtieron en campos de batalla. Jóvenes militantes negros, cuya única fuerza residía en su ventaja numérica, lanzaban piedras a los policías y a los soldados, que respondían con gases lacrimógenos, balas de goma o balas de verdad. Cientos murieron, miles fueron encarcelados. Soweto ardía, y allá, casi permanentemente instalado, estaba Carter, fotógrafo novato de The Johannesburg Star, expiando su culpa.

La gran ironía de la historia reciente de Suráfrica es que cuando salió Mandela de la cárcel en 1990, cuando empezó el proceso de paz que condujo cuatro años después a la democracia, se desató una violencia mucho mayor. Durante casi la totalidad de aquellos cuatro años, Soweto y otra media docena de poblaciones negras en los alrededores de Johanesburgo vivieron una anarquía asesina demencial, nutrida por opositores al proyecto democrático, en la que murieron unos 12.000. Allí, una vez más, estaba Carter. Todos los días. Se presentaba temprano por la mañana a los campos de la muerte, como se presentan los oficinistas a sus lugares de trabajo.

Yo también me presentaba allí, pero con menos frecuencia y más tarde. Siempre que llegaba a estos lugares, en pleno tiroteo o minutos después de una masacre, ahí veía a Kevin Carter, sudado, polvoriento, bolso sobre el hombro, cámara en mano. A él y a sus tres amigos fotógrafos, Ken Oosterbroek, Greg Marinovich y João Silva. Les llamaban a los cuatro “el Bang Bang Club”. Hacían fotos espeluznantes y se exponían a peligros extraordinarios. Yo había llegado a Suráfrica en 1989 tras seis años cubriendo las guerras de Centroamérica. Vi pronto que daba mucho más miedo estar en 1992 en un lugar como Tokoza o Katlehong, a escasos kilómetros de Johanesburgo, que en 1986 en los frentes del oriente de El Salvador o el norte de Nicaragua. Porque en los lugares donde los negros, animados por los blancos, se masacraban podía pasar cualquier cosa en cualquier momento y en cualquier lugar. Con un Kaláshnikov, una lanza, un machete o una pistola. Ahí trabajaba Carter. Ahí se pasaba desde las cinco de la madrugada hasta el mediodía haciendo fotos de gente matando y de gente muriendo.

Para poder hacer ese trabajo es necesario blindarse, armarse de una coraza emocional. No se puede responder a lo que uno ve como un ser humano normal. La cámara funciona como una barrera que lo protege a uno del miedo y del horror, e incluso de la compasión. Carter y sus tres camaradas dormían poco, además, y consumían drogas de todo tipo. Pasaban sus días y sus noches en un acelere mental y en un estado de anestesia emocional casi permanentes. Si se hubiesen detenido un instante a reflexionar sobre lo que hacían, si hubiesen permitido que los sentimientos penetraran la epidermis, habrían sido incapaces de hacer su trabajo. El entorno era alocado, pero el trabajo era importante. Si se hubieran quedado en sus casas o se hubieran expuesto a menos peligro, habría habido más muertos, menos presión política para acabar con la violencia. Ésta era la contribución de Carter a la causa de sus compatriotas negros.

En marzo de 1993 se tomó unas vacaciones de Tokoza y Katlehong y se fue a Sudán. Ahí, apenas aterrizar, es donde vio a la niña y el buitre. Respondió con el frío profesionalismo de siempre. No habría podido elegir otra manera de actuar. Estaba programado, anonadado. El único objetivo era hacer la mejor foto posible, la que tuviera más impacto. Ahí empezaba y terminaba su compromiso. La lógica era muy sencilla: si hacía una foto potente, se beneficiaría a sí mismo, pero también ampliaría la sensibilidad de los seres humanos en lugares lejanos y tranquilos, despertando en ellos aquella compasión -precisamente- que en él estaba necesariamente adormecida.

Por eso no hizo nada para ayudar a la niña. Porque si la hubiera ayudado, no habría podido hacer la foto. Porque había llegado al límite de sus posibilidades.

El problema era que la gente normal, empezando por su propia familia, no lo entendía. Fuera donde fuera, le hacían la misma pregunta. “Y después, ¿ayudaste a la niña?”. Se convirtió en un agobio, una pesadilla. Los únicos que no le hacían la pregunta, porque para ellos no era necesario hacerla, eran los amigos del Bang Bang Club.

En abril de 1994 le llamaron desde Nueva York para decirle que había ganado el Pulitzer. Seis días después, su mejor amigo, Ken Oosterbroek, murió en un tiroteo en Tokoza. Toda la emoción reprimida a lo largo de cuatro años salvajes explotó. Carter se quedó destruido. Lloró como nunca y lamentó amargamente que la bala no hubiera sido para él.

El mes siguiente voló a Nueva York, recibió el premio, se emborrachó, incluso más de lo habitual, y volvió a casa. La guerra se había terminado. Mandela era presidente. Suráfrica tuvo su final feliz, pero la vida de Carter dejó de tener mucho sentido. Quizá en parte porque el peligro de la guerra había sido su droga más potente, la que le había creado mayor adicción. Siguió trabajando, pero, perseguido por la muerte de su amigo y -ahora que se había quitado la coraza- la angustia moral retrospectiva de la escena con la niña sudanesa, se hundió en una profunda depresión. No podía trabajar, o si lo intentaba, caía en errores absurdos. Llegaba tarde a entrevistas, perdía rollos de fotos que ya había hecho. Y tenía problemas en casa: deudas, desamor...

El 27 de julio de 1994, exactamente tres meses después de las primeras elecciones democráticas de la historia de su país, Carter se fue a la orilla de un río donde había jugado cuando era niño, antes de que supiera lo que era el apartheid, el sufrimiento, la injusticia. Y ahí, por fin, dentro de su coche, escuchando música mientras inhalaba monóxido de carbono por un tubo de goma, logró la paz, la anestesia final de la muerte.


16.3.07

BUSCO PALABRAS ¿Las Viste Pasar?



Busco por todos lados. De la mesa del escritorio al cuarto, abro una gaveta, no están allí, la cierro. A la cocina, la luz está encendida, el gabinete abierto, lo cierro, apago la luz.

De nuevo al escritorio, a la computadora, abro un documento, blanco. Escribo tres palabras, no me gustan pero al menos hacen un corte en la fulminante blancura del monitor. No sé cómo empezar. Quiero decirte tantas cosas y no sé cómo.

Me levanto de nuevo, busco música para recordar lo que quiero decir, para encontrar las palabras que he perdido. Una. No sirve. Una más, dos, tres. No sirve ninguna.

Seguiré buscando porque la música muchas veces encierra las palabras perdidas entre corcheas.

Regreso a la computadora, borro las tres palabras. Cierro el documento. Abro tu fotografía.

Me pregunto por qué estas tan lejos.

Pero sé que si no fuese por esa lejanía, no tendría este afán de buscar lo que no encuentro. Sí no fuese por esa distancia, ni estaría pensando en buscar estas palabras.

Palabras al viento… mucho más honestas, menos comprometidas.

Quizás mañana, quizás más tarde. Me sirvo un trago, que a lo mejor así, relajada (de la palabra relajo)… a lo mejor las palabras tímidas salen de su escondite.

¿Dónde estás ahora? ¿En qué bar te has metido? ¿O en qué foso?

Siento tu desesperanza, me quema tu rabia. Asesinémoslas con sonrisas. Porque tu desesperanza y tu rabia, también son mías.

Sigo buscando lo que necesito decirte… y decirme.

No lo encuentro.

Quizás sea porque no hay palabras, sólo ondas que viajan en el tiempo y tocan el espacio en donde estás. Quizás lo escuches, como un susurro de mi boca mientras busca las palabras.

Recuerdo la primera vez que entraste en casa. Indígenas de la misma tribu que se reconocen sin verse los tatuajes ocultos bajo el disfraz de civilizados. Indígenas que buscan otro lugar donde no haya conquistadores que quieran educarlos a su religión. O extraterrestres buscando un planeta deshabitado, para crearlo a la imagen de sus ideales, que quizás luego sean olvidados, como olvidé lo que quería decirte.

Tatuajes, eso buscaba, una de las cosas que iba a escribir en la lista y que siempre olvido. Apenas termino de escribirlo, he olvidado dónde dejé el papel. Mañana comenzaré la lista de nuevo.

¿Dónde duermes esta noche? ¿Duermes o pasas la noche en vela cuidando que los pensamientos no te coman el cerebro?

Tomemos una copa de vino, quizás así recuerde lo que quería decirte y tú emborraches a los pensamientos que te torturan como cuervos .

¿Por qué me cuesta tanto recordarlo?

¿Te sirve, por ahora, que te diga que te quiero?

Espero, porque no recuerdo nada más.

Se me han perdido el trago y los cigarros. Voy a tener que escribir todo, hasta estas ideas maravillosas que luego me parecen ridículas. Voy a tener que tatuarme las ideas en el cuerpo, porque el cuerpo no se me pierde. Y si se pierde ya no habrá nada que decir, porque se habrá llevado las ideas que no encuentran las palabras.

Recuerda que te quiero. Si es necesario, tatúatelo en las pupilas, así no olvidaras en que parte de cuerpo lo has escrito.

¿Qué te iba a decir? ¿Que te quiero? No recuerdo, pero creo que sí, creo que te quiero. Espero no olvidarlo. Y espero que tú tampoco lo olvides.

Ay, encontré la música. Debe ser porque me fumé el cigarrillo de las buenas ideas.

14.3.07

¿Yo? ¡Incapaz!


Ambientación: Cuatro amigas reunidas en la casa de una de ellas. Los maridos de tres de ellas, sentados en otro ambiente hablando, probablemente de la situación del país o de carros.

Ellas están en el jardín, cómodamente sentadas, tomando tragos. Patricia tiene una grabadora en la mano porque tiene que hacer una tarea para un taller de teatro y necesita diálogos realistas.

Mónica: Mechita es encantadora…

Sonia: ¡Ay, sí! Pero ella era así como ingenua ¿no?

M: Sí, sí, pero muy pura…

S: … pero de carácter muy fuerte…

M: El marido era el que se las traía. Él llego aquí a Venezuela como gerente de una empresa argentina, ganando 10.000 dólares mensuales y ¡eso era en aquél entonces!

S: Y tenía buena pinta, además

M: …pero a mí nunca me gustó…¡ay, los bigotes! ¡Te daba un beso con aquél salivero! A mi los besos de Gerardo no me dan asco, ni los de Arnaldo tampoco, así que no son los pelos del bigote. (Nota: Gerardo y Arnaldo son los maridos dos amigas de las que participan en la tertulia y que tienen bigotes)

Se interrumpe porque llega el marido de una de ellas a pedirle un cigarro a su mujer.

M: Bueno,sigo, sigo. Ellos eran mis vecinos. Simón era de terror.

Inés: ¿El esposo de Mechita?

M: ¿Inées? ¿Estás aquí? ¿Yuju? ¡Andas en la luna! Claro que Simón mija, ¿de quién estábamos hablando? Déjame seguir pues. Vivíamos puerta con puerta, eran mis vecinos. Grandes amigos, ¡coño! Ella estudiaba todas las noches y más de una vez me lo encontré a él en pleno peo, ahí mismo en el pasillo, cuando yo salía de mi casa. ¡Ahí mismo en el pasillo, coño! Además el tipo mide como 1,80… 1,96… casi dos metros. El tipo… no es mi tipo, pero no es un tipo feo… no es mi tipo, ni es buen moooozo, vamos a estar claras, ¡pero tiene una labia! ¡Y es simpaticazo! Ella si es bella, la Mechita, y es un mujerón. Ella mide como 1,82. ¿Y saben lo que le hizo un día cuando se enteró de los cachos de Simón? O bueno, ya se había enterado ¿pero el día que se hartó? Agarró un Audi nuevecito que él se había comprado, le metió retroceso y dejo que esa mierda se fuera pa’ bajo. El carro… bueno, una locura porque si el carro le cae a alguien, lo mata… ¡El carro quedó…!, quedó así, como una U… “¡Pelotudo de su madre, huevón! Pa’ que siga paseando a todas estas putas del barrio! –dijo la Mecha mientras salía del carro y lo empujaba calle abajo

¡Mira Mechita, un momentito! – le dije

Viene otra interrupción, uno de los maridos con un trago para su mujer, suponemos que tratando de escuchar el tema de la conversa.

M: Una vez estábamos todos en una reunión de despedida que les hicieron varios amigos, porque ellos regresaban para Argentina, cuando en eso llego Nancy y dijo: “Vamos a tomarnos una foto de despedida pal pibe” En ese momentos la Mecha estaba en estado de su hijo. Nancy agrego: “ Brindemos por… por… por Argentina. ¡Viva la Argentina!”

Entonces yo le digo Simón que diga unas palabras y él empieza con el típico discurso de borracho en la etapa exaltación de la amistad, a decir puras huevonadas. Y la gente le gritaba “¡Bueno Simón, abreviaaaa!”,

Entonces, Juan Carlos, que era el orador de orden, le dice: “Pero resume y di qué fue lo que viniste a hacer en estas tierras”… Entonces él – Simón- levanta su copa… porque él es poeta, además, y dice “Yo quiero brindar por las mujeres que están aquí, que son la mitad de las mujeres de esta tierra…” Y en eso interrumpe Nancy y le dice: “Ay mi amor y por todas las demás a las que no invitaste esta noche pero que te cogiste… y que tienes cinco años cogiéndote”. Entre esas ella, claro.

La Mecha, con su barriga, agarró la cartera y me dijo que eso ya era demasiado para ella y me pidió que la llevara. Yo salí a llevarla... ¡pero después regresé! ¡Eso se puso bueno!

Inés: ¡Qué bolas!

M: Sí chica, pero es que Nancy era una psicópata. Bueno, psicópata no, pero ella tenía esos amores tipo persecución, ¿sabes?

S: ¿Ah, si? ¿de verdad?

M: ¿Nancy? Nancy es obsesiva, chica. Yo la conozco hace años. Ella es una mujer muy inteligente. Lo que pasa es que …Atracción Fatal, mijita.

S: “Acoso Sexual”

M: Es que ella lo acosaba, mijita. Lo esperaba en la esquina de su casa. Bueno, se emperró pues… le gustó el hombre y le gustó el hombre. O sea que Mecha sí aguantó que jode. Ay que tener hígado para eso. Yo no sé. ¿Tú que piensas Inés? Aunque Arnaldo es tranquilo, ¿no?

Inés: Está tranquilo…creo. Lo de ES tranquilo, NO. Mira, Patricia, apaga esa mierda de grabador ¡o no hablo más!

Lo que no se dijo (ni con la grabadora apagada) y nadie supo nunca, fue que tres de ellas, o sea, el 75% de las presentes, se habían acostado con Simón. “Ay! Pero es que él, a pesar de no ser mi tipo… tenía una labia!”

9.3.07

A Hades

A Hades, por haberme enseñado lo dulce de la granada
y lo bonito de la oscuridad.
Siempre agradecida, Proserpina




7.3.07

Encontrarme

Bosch. Extracción de la piedra de la locura


Quiero que me abran el cerebro y me saquen los pensamientos.

No para ser más cuerda, sino para que me devuelvan mi locura.
Los pensamientos son demasiado normales, demasiado serios, demasiado invasivos.

Que dejen las ideas y las emociones, pero se lleven los pensamientos, porque éstos me han robado la identidad.
Sin mi locura, no soy yo, me siento perdida.

Quiero encontrarme otra vez.